Cuando yo tenía siete años, soñaba con ir de vacaciones a la luna.
Mi sueño no era una fantasía infantil; tenía mucho fundamento. En la transmisión televisiva del primer alunizaje, había escuchado a un locutor asegurar que “en el año 2000, la gente va a visitar a la luna con la misma asiduidad con que hoy viaja a la Costa Atlántica” y que para llegar allí, “bastará tomar un taxi” porque, para entonces, surcar el espacio “será para nosotros un hábito tan cotidiano como viajar de casa al trabajo”.
Maravillados ante la contundencia de las imágenes —que hoy son denunciadas como un fraude montado en estudio—, no sólo los niños como yo sino tampoco los adultos atinaron a preguntarse con qué finalidad absurda los humanos íbamos a desear vacacionar en un paisaje de cráteres polvorientos donde ni siquiera podíamos respirar por nuestros propios medios.
Era un mundo diferente. Un mundo de pocos cuestionamientos y muchas certidumbres. De posibilidades infinitas pero no inciertas.
Terminada la aventura de Vietnam y en pleno estallido de la sociedad de consumo, el futuro se vislumbraba como un escenario de progreso constante en el cual el hombre, en su capacidad inagotable de conocer y mejorar, iba a dominar los secretos de la ciencia y la tecnología, del espacio y del tiempo.
A nadie le preocupaba el clima ni muchísimo menos el consumo de hidrocarburos fósiles. El primero era un detalle tomado en cuenta sólo para actualizar el guardarropa, ritual que podía cumplirse con mirar en calendario, dada la regularidad de las estaciones en el año. El segundo, la clave de acceso al MAÑANA, ya que ninguna imagen resultaba entonces tan promisoria como la del granjero que descubría una vertiente de “oro negro” en su jardín.
En ese escenario de confianza ciega en el futuro, las palabras con que Neil Armstrong definió su hazaña fueron repetidas como un mantra: “Un pequeño paso para el hombre, un salto gigantesco para la Humanidad”.
Casi cuatro décadas después, sabemos que no es sensato avanzar —¡ni mucho menos saltar!— sin saber adónde uno va. Y ya no deseamos viajar fuera del planeta sino poder seguir viviendo en él con la esperanza de aquellos años en un mundo maravilloso…
Me reía hasta las lágrimas cuando tuve la primera evidencia de que mis 40 años eran ciertos. Y seguí riéndome, casi hasta la tos, cuando pensé que, para probarlo, bastaba con mostrarme capaz de responder a la pregunta: ¿Conocés a Peter Shade?
Durante décadas, Peter Shade se había mantenido oculto, agazapado en un rincón de mi memoria hasta anoche, cuando finalmente vio la oportunidad y saltó a la gloria, animado por la seguidilla de fantasmas que con mi amiga Marce disfrutábamos liberar: Marty Cosens, Ambar La Fox, Calígula, María Alexandra… “¡Y el ballet de Pedro Sombra!”, sumé en una carcajada, que desató muchas más con sólo repetir tremendo nombre, que bien podría haber sido obra de un joven Juan Rulfo o una precoz Laura Esquivel.
La suerte estaba echada: de la imagen de Marty y Chico acodados sobre el bar, en la misma gama de grises con que Armstrong plantaba la bandera de estrellitas, volé hacia las cabezas de los Monkeys enterradas en la arena y la frase “No soy plato de segunda mesa”, de Susy- Secretos del Corazón, que desencadenó la misma carcajada que la irrupción de Pedro y su ballet.
De pronto Susy y Mr. Shade me parecieron del mismo palo. Tal vez habían esperado juntos todos estos años, acurrucaditos coco a codo, su hora de emerger a la superficie. No eran archivos visibles, como Archie y el resto de las revistas con el triangulito y la palomita, como Yolanka bajando al ring en su nave de lata y el dibujo de la boa tragándose al elefante que todos confundieron con un sombrero. Eran invisibles, pero fieles y confiados.
Me pregunté entonces si la onda expansiva recién se habría disparado y, por esas cosas del RAM humano, todos los invisibles irían a volverse visibles, a una velocidad vertiginosa. ¿Cuántos recuerdos más aguardarían pacientemente, junto al bailarín y la chica de los ojos inundados por el llanto, la voz de aura: ¡A brillar, mi amor!?
Lejos de asustarme y aun considerando la posibilidad de un prematuro Alzheimer, celebré la idea a carcajada limpia. Puedo recordar, voluntariamente o no, miles de cosas, bellas, agradables y no tanto, pero ninguno de mis recuerdos visibles me pinta con tanta fidelidad.
Tal vez la invisibilidad, pensé, fuera simplemente estado de reposo. Tal vez no fuera inactividad, sino latencia. ¿Cómo explicar, si no, que mi hijo menor, cuyo nombre elegí, responda al nombre de Pedro y que, siguiendo mis pasos, haya aprendido a bailar antes que a caminar? ¿Cómo no entender las lágrimas (de risa, lo juro) en mis ojos al pronunciar la imponente frase con que las chicas de Susy ponían en su lugar a los galanes, sin apuntar que mi segundo nombre es Susanita?
Esta es mi respuesta a la pregunta del comienzo: Mi nombre es Gabriela, en un mes cumpliré 40 años, conozco a Peter Shade, también a su fiel compañera Susy, les agradezco a ambos su paciencia y su confianza de tantos años, y les anuncio que se acaba de oír la tan ansiada voz que, entre carcajadas de placer, nos invita a brillar…
Me reía hasta las lágrimas cuando tuve la primera evidencia de que mis 40 años eran ciertos. Y seguí riéndome, casi hasta la tos, cuando pensé que, para probarlo, bastaba con mostrarme capaz de responder a la pregunta: ¿Conocés a Peter Shade?
Durante décadas, Peter Shade se mantuvo agazapado en un recóndito clúster de mi memoria, esperando el momento ideal para regresar a la lista de archivos visibles. Anoche, finalmente vio la oportunidad y saltó a la gloria, animado por la seguidilla de fantasmas que con mi amiga Marce disfrutábamos liberar: Marty Cosens, Ambar La Fox, Calígula, María Alexandra… “¡Y el ballet de Pedro Sombra!”, sumé en una carcajada, que desató muchas más con sólo repetir tremendo nombre, que bien podría haber sido obra de un joven Juan Rulfo o una precoz Laura Esquivel.
La suerte estaba echada: de la imagen de Marty y Chico acodados sobre el bar, en la misma gama de grises con que Armstrong plantaba la bandera de estrellitas, volé hasta las cabezas de los Monkeys enterradas en la arena y al peso de la primera edición de El Principito, con tapas de cartón piedra y ese comienzo que, de tanto repetirlo, encabezó para siempre mi lista de visibles.
Cuando yo tenía seis años vi una vez una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba “Historias Vividas”. Planeé robar ese título cuando supiera llenar las páginas que indefectiblemente debe encabezar. Y me prometí incluir bajo ese título una “historia vivida” reciente, desencadenada por otro clúster desatado que estuvo a punto de quebrar mi defensa frente a un varón narcisista, soplándome al oído la frase No soy plato de segunda mesa, de Susy, Secretos del Corazón. Y que, si bien no llegué a pronunciar -afortunadamente para mí y mi interlocutor, quien tal vez no habría tenido los reflejos necesarios para retrucarme con un parlamento de Nippur de Lagash; o tal vez, sí y entonces habría otra “historia vivida” para contar…- me produjo interiormente la misma carcajada que la irrupción de Pedro y su ballet.
De pronto Susy y Mr. Shade me parecieron del mismo palo. Tal vez habían esperado juntos todos estos años, acurrucaditos coco a codo, su hora de emerger a la superficie. No eran archivos visibles, como Archie y el resto de las revistas con el triangulito y la palomita, como Yolanka bajando al ring en su nave de lata, el comienzo del Petit Prince (el del asteroide, no el de Purple Rain) y el dibujo de la boa tragándose al elefante que todos confundieron con un sombrero. Eran invisibles, pero fieles y confiados.
Me pregunté entonces si la onda expansiva recién se habría disparado y, por esas cosas del RAM humano, todos los invisibles irían a volverse visibles, a una velocidad tan progresiva como vertiginosa. ¿Cuántos recuerdos más aguardarían pacientemente, junto al bailarín y la chica de los ojos inundados por el llanto, la voz de aura: ¡A brillar, mi amor!?
Lejos de asustarme y aun considerando la posibilidad de un prematuro Alzheimer, celebré la idea a carcajada limpia. Puedo recordar, voluntariamente o no, miles de cosas, bellas, agradables y no tanto, pero ninguno de mis recuerdos visibles me pinta con tanta fidelidad como estos clústers empeñados en liberarse para dar fe, no sólo de mi historia, sino también de sus 40 vueltas al sol.
Tal vez la invisibilidad, pensé, fuera simplemente estado de reposo. Tal vez no fuera inactividad, sino latencia. ¿Cómo explicar, si no, que mi hijo menor, cuyo nombre elegí, responda al nombre Pedro y que, siguiendo mis pasos, haya aprendido a bailar antes que a caminar? ¿Cómo no entender las lágrimas (de risa, lo juro) en mis ojos al pronunciar la imponente frase con que las chicas de Susy ponían en su lugar a los galanes, sin apuntar que mi segundo nombre es Susanita?
Esta es mi respuesta a la pregunta del comienzo: Mi nombre es Gabriela Susana Ramos, en un mes cumpliré 40 años, conozco a Peter Shade, también a su fiel compañera Susy, les agradezco a ambos su paciencia y su confianza de tantos años, y les anuncio que se acaba de oír la tan ansiada voz que, entre carcajadas de placer, nos invita a brillar.