Hace una semana cumplí 46. El sábado convoqué a un brindis –con excusa de comida para reducir el tinto—, una de las pocas promesas con las que aún logro que mis amigos de toda la vida desempolven la osamenta.
Todos trajeron, además de su cariño y su adorable buen humor, regalitos. Mi amiga Lily —en mi fuero íntimo, “Tiger Lily”, no pienso revelar la razón— se descolgó con el disco doble del recital Aznar-Lebón. Un show entrañable, impecable, inolvidable. Tuvimos la dicha de compartirlo el año pasado cuando, en ocasión de otro cumpleaños —los 16 de mi hijo mayor, que aporrea toda suerte de instrumentos musicales y disfruta viendo a quienes saben hacerlo mejor—, Lily y Daniel nos invitaron a un viejo teatro en Martínez.
Cuando empecé a escuchar el disco, además de recordar de qué se trata la música —o lo que una señora de 46 entiende por “ello” (expresión de Vieja Chancluda si la hay)—, descubrí dos cosas importantes.
La primera: constituye una injusticia casi metafísica que Pedro Aznar lleve el mismo apellido que el cerdo inmundo que intentó involucrar a España en la Invasión a Irak. Afortunadamente, su tema Amor de Juventud y su cover en español de God Only Knows, de nivel musical y emotivo equivalente la versión original de los Beach Boys, lo reivindican por completo de la desgracia patronímica que —sólo Dios sabe por qué— le deparó el destino.
La segunda: aunque pocos tienen el feeling de David Lebón para la viola, definitivamente nadie canta como el Ruso. Este disco es prueba suficiente de la inmanencia de sus alaridos respecto de la historia del rock nacional. Sin embargo, hay un tema, más aún una estrofa, que justifica su paso por la música. Me refiero a esa de Cuánto tiempo más llevará, de Serú Girán, que empieza: “Y con el tiempo y la magia de estar aquí, vas suponiendo que sabes adónde debes ir…”. No me caben dudas que al poner su voz en esa estrofa, David se ganó el Cielo. Aunque su interpretación de Noche de perros también aportó lo suyo…