Que el funeral de Michael Jackson haya sido tan mediático como su vida no resulta en modo alguno sorprendente. Sí lo es, en cambio, la ausencia de límites que los medios muestran ante la privacidad de la personas, en la salud y la enfermedad, en la prosperidad y la adversidad, e incluso cuando la muerte nos separa, como ocurre inexorablemente.
No me refiero en este caso al rutilante funeral en el Staples Center de Los Angeles, ni al ataúd de 25 mil dólares “de bronce sólido con un baño de oro de 14 quilates, pulido y enfundado en su interior con terciopelo azul”, que no pasan de ser decisiones familiares… (fomentadas tal vez por la comercialización de los derechos de transmisión a todo el mundo), sino a la decisión de comunicar hasta el más mínimo detalle escabroso del evento y a explotar al máximo su difusión desde el punto de vista comercial, superando todas las barreras del decoro.
Una muestra de los niveles que puede alcanzar el mal gusto es la página de Clarín.com encabezada con el llamativo título Siga la transmisión en vivo del funeral de Michael Jackson y los enlaces patrocinados que la acompañan: desde avisos de casas de sepelios a las cuales contactar “en los momentos difíciles” y durante las 24 horas, hasta seguros médicos disponibles online para personas de todas las edades, incluso “mayores de 65”, no importa cuán próximos a seguir los pasos del Rey del Pop se encuentren.
La invitación se expresa en inglés sobre una pantalla negra —¡único elemento acorde con el evento!— y en términos que, en otro contexto, resultan habituales en la web: “Pinche aquí y vea la cobertura en vivo del funeral de Michael Jackson”…
Afortunadamente también los nuevos medios nos dan la oportunidad de optar por seguir viendo a Michael vivo, cantando y poniéndole el cuerpo a uno de los grandes temas pop de la historia…
Hace veinte años no sólo no existían los celulares: muchas familias no tenían teléfono y las que lo tenían, compartían una línea única entre todos sus miembros. Esto significaba que, para pedirle prestado un libro a un compañero de colegio, a veces convenía movilizarte hasta su casa, ya que si el dueño del libro tenía entre una y tres hermanas adolescentes, el tono de ocupado podía ametrallarte la oreja durante horas.