Hoy es el Día del Amigo. No recuerdo con exactitud cuándo esta celebración se incorporó al calendario de festejos argentinos, pero sé que comenzó a existir un rato largo después de 1980. Más o menos. Ponele.
Cada año recibo más saludos y congratulaciones en este día. Al principio provenían de gente con la que tenía o había tenido una relación amable. Después se fueron incorporando viejas relaciones (ex compañeros de…) y relaciones “sociales” (qué sé yo, esa gente que conociste en el laburo y con la que te llevás o te llevabas bien). Más tarde se sumó la fiambrería de la esquina de casa, que considera a todos sus clientes como amigos y por eso, en ese día, te convida con unos quesitos y puntas de fiambre de máquina cuando vas a comprar. Y otras empresas y organizaciones a las que les interesa el país y yo, aparentemente.
¿Saben quiénes en su mayoría, con alguna que otra excepción, suelen esquivarle al saludo y consecuente festejo a este novedoso “Día del”? Mis amigos. Esas personas que me vieron el alma en chancletas, despeinada y con fiebre. Las que me ayudaron a lavarle la cara a mi espíritu para salir de vuelta a ponerle otra ficha a la alegría, la felicidad y la vida. Personas con las que me he reído hasta doblarme, con las que he discutido hasta enojarme, soñado, disentido, acordado, delirado, boludeado, y compartido los logros y el aburrimiento. Que me abrazaron cuando me sentí feliz y cuando estaba hecha pelota. Esa gente a la que me gusta cuidar, mimar, escuchar, recibir en casa y darles de comer.
En fin, los que me saludan y a los que saludo poco en este Día son mis amigos. Y me gusta compartir con ellos el sentimiento de que la amistad no tiene que ver con la Salita Azul. “Todos somos amigos” está muy bien cuando lo usa la maestra para evitar que los niños se provoquen traumatismos de cráneo con los bloques. Pero a los 48, me siento feliz de compartir con mis amigos que lo que nos une es un sentimiento más delicado, más especiado, más condimentado, más perfumado, más profundo, más complejo y —por sobre todo— más excepcional.
No estamos trabajando pero tampoco de vacaciones. Nos quedamos en casa para no andar por la calle. El frío nos recluye y la abulia nos aplasta.