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Vacaciones en la luna

In Gabriela Ramos on julio 20, 2009 at 11:13 am

LunaUn texto de 2007…

Cuando yo tenía siete años, soñaba con ir de vacaciones a la luna.

Mi sueño no era una fantasía infantil; tenía mucho fundamento. En la transmisión televisiva del primer alunizaje, había escuchado a un locutor asegurar que “en el año 2000, la gente va a visitar a la luna con la misma asiduidad con que hoy viaja a la Costa Atlántica” y que para llegar allí, “bastará tomar un taxi” porque, para entonces, surcar el espacio “será para nosotros un hábito tan cotidiano como viajar de casa al trabajo”.

Maravillados ante la contundencia de las imágenes —que hoy son denunciadas como un fraude montado en estudio—, no sólo los niños como yo sino tampoco los adultos atinaron a preguntarse con qué finalidad absurda los humanos íbamos a desear vacacionar en un paisaje de cráteres polvorientos donde ni siquiera podíamos respirar por nuestros propios medios.

Era un mundo diferente. Un mundo de pocos cuestionamientos y muchas certidumbres. De posibilidades infinitas pero no inciertas.

Terminada la aventura de Vietnam y en pleno estallido de la sociedad de consumo, el futuro se vislumbraba como un escenario de progreso constante en el cual el hombre, en su capacidad inagotable de conocer y mejorar, iba a dominar los secretos de la ciencia y la tecnología, del espacio y del tiempo.

A nadie le preocupaba el clima ni muchísimo menos el consumo de hidrocarburos fósiles. El primero era un detalle tomado en cuenta sólo para actualizar el guardarropa, ritual que podía cumplirse con mirar en calendario, dada la regularidad de las estaciones en el año. El segundo, la clave de acceso al MAÑANA, ya que ninguna imagen resultaba entonces tan promisoria como la del granjero que descubría una vertiente de “oro negro” en su jardín.

En ese escenario de confianza ciega en el futuro, las palabras con que Neil Armstrong definió su hazaña fueron repetidas como un mantra: “Un pequeño paso para el hombre, un salto gigantesco para la Humanidad”.

Casi cuatro décadas después, sabemos que no es sensato avanzar —¡ni mucho menos saltar!— sin saber adónde uno va. Y ya no deseamos viajar fuera del planeta sino poder seguir viviendo en él con la esperanza de aquellos años en un mundo maravilloso

  1. Bélgica ‘reclama’ la Luna para Tintín
    Los belgas revindican que Tintín pisó la Luna antes que los nortemaericanos en el cómic ‘Objetivo: la Luna’ de 1952.
    Sábado, 25 de julio de 2009
    diaridesevilla.es
    http://www.diariodesevilla.es/article/sociedad/474550/belgica/reclama/la/luna/para/tintin.html

    “Es un pequeño paso para… Tintín y un gran paso para la Humanidad”. Éstas podrían haber sido las palabras históricas del curioso reportero del flequillo creado por el dibujante belga Georges Remi (Hergé) en su llegada virtual al satélite rocoso en los primeros años 50.

    Y es que justo hoy, cuatro décadas después de que el módulo estadounidense Eagle realizara el 20 de julio de 1969 el primer alunizaje humano en el Mar de la Tranquilidad, con Neil Armstrong y Edwin Buzz Aldrin, los belgas “reclaman” la Luna antes que los estadounidenses del Apollo XI.

    En el título Objetivo: la Luna, de 1952, el genio de Hergé colocaba sobre la superficie del satélite de la Tierra, situado a más de 384.000 kilómetros de distancia, a Tintín, al capitán Haddock y al inseparable perrito Milú, todos vestidos con sus correspondientes escafandras presurizadas, similares a las utilizadas por Armstrong y Aldrin más de una década después.

    La gran aventura es “reclamada” ahora por los belgas, un día antes de su fiesta nacional, que se celebra este martes.

    Lo increíble es que Tintín pisase la Luna casi siete años antes que el primer satélite artificial de la historia, el ruso Sputnik, lanzado en 1957. El evento hacía reflexionar de esta forma a la revista gala Paris Match: “un belga le hace sombra a Walt Disney. Tintín llega a la Luna antes que el Sputnik”.

    Lo cierto es que de todos los títulos de la colección de Tintín, Objetivo: la Luna es, según informaciones de la fundación Hergé de Bruselas, el que ha tenido más éxito a escala internacional.

    Pero el libro no es fruto de un milagro, ni tampoco Hergé, a pesar de su genialidad plástica, era un visionario espacial. Contó con la inapreciable ayuda de expertos en la materia que le asesoraron concienzudamente.

    Entre los manuales sobre el espacio que Hergé leyó en un largo proceso previo de documentación figura La Astronáutica, de Alexander Ananoff, el fundador de la Federación Astronáutica Internacional.

    En los primeros años 50 ningún ingenio espacial había logrado todavía entrar en órbita y -en palabras del propio Hergé- su objetivo era que la aventura lunar de Tintín “tuviera la mayor fidelidad posible con la realidad científica”.

    Para ello pidió al experto franco-ruso que le proporcionara detalles de los últimos avances en la materia hasta esa fecha. Los datos aportados por Ananoff fueron preciosos a la hora de dibujar la cabina de pilotaje del cohete o el motor atómico que se aprecia en Objetivo: la Luna.

    Presionado también por la ditorial Casterman, que deseaba que el nuevo título se publicara cuanto antes, Hergé imprime en 1951 velocidad de crucero a su nuevo libro.

    No obstante, a pesar del trabajo a destajo, según cuenta su mujer, Germaine, al ilustrador todavía le quedó tiempo de consultar casi a diario la biblioteca del observatorio de Uccle, en las afueras de Bruselas, donde analizó con pasión el mapa de la Luna del abate Moreux y otros documentos científicos.

    Para el dibujo de las computadoras del Centro Espacial de Sbrodj, donde el profesor Tornasol ultima los detalles para el “lanzamiento” del cohete a la Luna, Hergé pasó largas horas estudiando el funcionamiento de los entonces avanzadísimos computadores IBM-Univac, que funcionaban con fichas perforadas.

    Otro detalle que muestra el profesionalismo de Hergé es el dibujo del asteroide Adonis, que a punto está de costar la vida al capitán Haddock en el libro. El asteroide existe en la realidad y fue descubierto por el astrónomo belga Albert Delporte en 1936.
    En ese laborioso 1951, Hergé consultó también otros importantes documentos como el libro de ilustraciones de Chesley Bonestell Trip to the moon (Viaje a la Luna), repleto de imágenes impactantes sobre una hipotética travesía estelar y que sirvió de inspiración al cineasta estadounidense Stanley Kubrick para varias escenas de 2001: Una Odisea del espacio (1968).

    Pero tanto trabajo cargado de estrés para dar a luz Objetivo: la Luna acaba por minar la salud de Hergé, y por prescripción médica y presión de su mujer el ilustrador belga decide tomarse una pausa en Suiza para recuperar fuerzas a fines de 1951. “Los médicos me han aconsejado reposo total”, contaba a la prensa de entonces.

    Retoma su “viaje a la Luna” el 7 de agosto de 1952, pero con un tono precavido, aconsejado por la editorial. “Tomé mil precauciones, no quise poner en el libro ningún selenita, ningún ser vivo sobre la superficie lunar, tampoco monstruos lunares ni sorpresas raras”, afirmaba.

    “No voy a hacer más álbumes de ciencia ficción. ¿Qué cree que puede pasar en Marte o en Venus?”, preguntaba a un periodista francés en 1953. “El viaje interplanetario ya no tiene ningún interés”, sentenciaba.

  2. las pruebas
    (impactante documento gráfico)

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