someone still loves you...

Siamo fuori

In Adriana Roldán on Julio 13, 2009 at 3:17 pm

Por Adriana Roldán

El domingo 5 de julio al mediodía salí de casa, en pleno Parque Patricios, rumbo a lo de Gabi, la anfitriona de este blog. En la calle había un poco más de gente que la acostumbrada. Pero todos los que andaban por ahí (paseando al perro, comprando el pan o llevando la bandeja del horno con las empanadas recién hechas… en fin, todos) exhibían una nota común: algún emblema de Huracán. Gorritos, banderas, banderitas, camisetas, barbijos con los colores del Globo. La imagen me enterneció.

Mi papá no le daba bola al fútbol salvo durante los mundiales. Mi ex marido, a pesar de su vocación enciclopédica, de este deporte no sabe nada. Mi hijo demostró que se puede hacer amigos y mantener interesantes conversaciones —incluso con desconocidos— aún cuando a la consabida tríada de preguntas que se le hacen a los niños (nombre, edad y cuadro de fútbol), se responda a la tercera “paso”, “domingo” o algo similar. Estas circunstancias, quizás, expliquen por qué si existe un músculo del fanatismo deportivo y/o futbolero, en mi caso, murió de inanición casi antes de nacer.

Pero el domingo 5 me pasó algo raro. Al ver esas caras tan esperanzadas, tan convencidas de que el momento de ser plenamente felices había llegado, expresé para mí un profundo deseo: que Huracán ganara el campeonato. Quería que se les hiciera realidad a todos mis vecinos ese anhelo —según me enteré—postergado por décadas. No sé bien cuándo pero me sonaba que Vélez había salido campeón hace menos tiempo que Huracán. Eso seguro.

Mientras al mediodía de aquel domingo le dábamos al guiso de lentejas, tuve la desacertada idea de compartir este deseo y sentimiento con Gabi y su familia. “La gente se veía tan entusiasmada… ¡Ojalá se les haga y ganen!”, dije entre pancito y chorizo colorado. Algunas miradas se clavaron en mí. “No es el lugar para expresar esos deseos, Adri…”, me advirtió Gabi. “Ya sé. Acá son todos de San Lorenzo. Pero no sean así… ¡Ustedes salieron campeones montones de veces y hace repoquito!”. Como las miradas glaciales no se derretían ni medio, me llamé a silencio.

A la noche, cuando ya Huracán había perdido y el barrio iniciaba su duelo, le comenté a mi hija Sara el episodio. “Lógico, má”, observó. Y demostrando que los genes recesivos del fanatismo futbolero de su abuelo paterno habían logrado manifestarse en ella, agregó: “Si son Cuervos, hasta deben estar celebrando”. “¿Pero en qué los afecta?”, insistí. “Si ellos igual no iban a salir campeones y Huracán pobrecito…”. Estaba razonando como mamá y, cambiando lo que debía ser cambiado, trataba de convencer a todos de que no se peleen, que la Copa la podían tener un ratito cada uno.

Así, mi último —y tal vez único— intento sincero de mezclarme con los sentimientos que el deporte más popular de la Argentina despierta devino en fracaso. No hay caso, che. No lo siento. No lo entiendo. Qué cagada. Los lisiados de fútbol como yo siamo fuori, a pesar —incluso— de que seamos capaces de disfrutar como cualquier hijo de vecino el tema oficial de Italia 90…