someone still loves you...

Archivo de 2009

¿A mí me pasa lo mismo que a usted?

In Adriana Roldán on Agosto 12, 2009 at 7:29 pm

Qué memoria…

Hace algunos años que empecé a tomar consciencia de la cantidad de tiempo que pierdo buscando cosas que no recuerdo dónde dejé. A la fecha, yo le calculo (tranca-tranca) unos quince días de vacaciones en Mar del Tuyú con pensión completa. Mínimo, ¿eh?

Que las llaves, que la cartera, que los papeles de laburo, que la tirita de aspirinas, que el libro que estaba leyendo… Encima, el número de chirimbolos que necesito tener a mano para llevar adelante una vida medianamente digna se incrementa casi minuto a minuto. Por supuesto, no me refiero a que sin un Rutini no te paso los ravioles o que necesito una campera de conejo sí o sí para ir a ver las gallinas campeonas de la WonkaExposición Rural. Nononononó. Hablo de los dos pares de lentes (no los de sol a lo Willy Wonka sino los de corta y media distancia, como los bondis), la pastilla para el colesterol, el T4 para compensar una tiroides perezosa, el carnet del gimnasio para descontar algunos kilómetros de tabaco y varios largos de hidratos de carbono, y la credencial de la cobertura médica porque diosnoslibreynosguarde de no tener a dónde ir con la hernia de disco, los meniscos hechos puré o la indicación de perno y corona. En fin, toda una batería de suplementos, complementos y aditamentos que no menciono por pudor. Pero antes de que me olvide, volvamos a lo de la memoria.

recordarCon el asunto de “las cosas” que tengo que recordar, después de una breve crisis, me repuse y empecé a rebuscármelas bastante bien. La agenda de Yahoo me manda mails recordándome citas y cumpleaños. La página del banco, con el cariño maternal de un cuervo, se ocupa de avisarme qué cuenta está por vencer. El contestador automático de Telefónica, si me olvidé de escucharlo, me llama con puntualidad a las 6:50 (am) para que una voz  femenina y robótica me diga: “Usted – tiene – un – mensaje – nuevo”. Y el celular, pequeña prótesis con luces & tapita, me despierta todas las mañanas. ¡Ah! Y ayuda a que mi hija y yo, cuando se nos impone, no pasemos de largo una sola dosis de antibiótico.

Por supuesto, todo esto podría interpretarlo como una expresión de la decadencia propia de los años, la amenaza del Alzheimer, la maldición de Vicente Leonidas Saadi o, sencillamente, la oxidación de neuronas, axones, dendritas y todas esas porquerías que tenemos adentro y que ya no recuerdo (of course) cómo cornos se llamaban. Pero no me parece, che. Por el contrario, creo que no hay que enojarse sino disfrutarlo.

Admitámoslo, gagagueños. Estamos medio jodidos de la memoria RAM y por eso colapsamos cuando el manual del DVD quiere bajarnos a tres megas de velocidad las instrucciones para usarlo. Por su parte, el disco rígido intracraneal, después de algunas décadas de guardar cualquier verdura, a veces se nos tilda. Pero debo reconocerle que así como me pierde el archivo con el vencimiento de la luz, de pronto me saca de la galera el vivo recuerdo de mi abuela en el patio escuchando a Bobby Solo. En lo personal, no estoy dispuesta a negociar los ecos de una sola fritura del Winco donde sonaba aquel tano para hacerle espacio en mi cabeza a SEGBA. Digo, a Edesur.

Winco

Me  parece que, mirada desde este punto de vista, no está nada mal la época que nos toca vivir. Porque a medida que nos vamos poniendo tecnos y nos aprovechamos de todos esos inventos que se nos ofrecen como bastones y anexos de la memoria, tenemos más espacio y disponibilidad para sólo preocuparnos por tener presente lo que de verdad debe ser inolvidable.

Pasión selenita

In Adriana Roldán, Gabriela Ramos on Julio 23, 2009 at 7:28 pm

En la semana de los 40 años del primer alunizaje, los medios echaron mano a recursos de toda índole para conmemorar la efeméride: desde entrevistas a científicos o personal de la NASA, hasta incunables que reconstruyen el ambiente cultural de fines de los años 60, como el long play Los preferidos a la luna, con la caricatura de Palito Ortega disfrazado de astronauta en tapa y temas de La Joven Guardia, Donald y Los Iracundos, entre otros destacados artistas de la época:

los+preferidos+de+la+luna

O el recuerdo de los viajes espaciales de personajes de Las aventuras de Hijitus, como Pucho…

pucho

Desde este blog decidimos celebrar el nuevo aniversario del “pequeño paso para el hombre y el salto gigantesco para la Humanidad” con una propuesta para nuestros amigos y lectores: somos conscientes de que la luna y el alunizaje suscitan toda suerte de intrigas y preguntas sin respuestas. Aquí van algunas de ellas; los desafiamos a completar y discutir la lista.

1. ¿En que lugar de la luna descendieron Armstrong, Aldrin y Collins, en el claro o en el oscuro?

2. ¿Armstrong es el hermano blanco de Louis?

3. ¿Collins el primo yankee de Phil?

4. ¿El Lado Oscuro de la Luna fue un intento tardío de Gran Bretaña para salir en la gran foto de la carrera espacial Mundo Libre vs. Cortina de Hierro?

5. ¿Dónde y cómo hacían pis y caca los astronautas? ¿Se aguantaron todo el viaje? ¿Hicieron adaptación previa a la partida para no extrañarsus baños?

6. ¿Podía distinguirse la piedrita lunar que nos mandaron de muestra para exhibir en el Centro Cultural San Martín de cualquier pedregullo de plaza?

7. ¿La estación terrena de Balcarce, inaugurada con el alunizaje, representó una diversificación del negocio de los postres y las papas hacia el área de las telecomunicaciones?

8. ¿El compliado de la luna traería el hit  Luna, lunera, cascabelera por Eydie Gorme y Los Panchos…?

9. ¿Qué clase de nombre es Eydie?

¡Vamos, lunáticos de ayer, de hoy y de siempre! ¡Anímense, que está fresco y escasea la diversión gratuita ! Esperamos preguntas. O, en su defecto, respuestas…

Hacer click sobre la imagen para escuchar el audio. La imagen quedó estaqueada en el recuerdo.

Nota de las autoras: Después escuchar los temas musicales de los enlaces, hemos comprendido por qué quienes sufrimos el bombardeo beat de los años 70 somos capaces  sortear cualquier escollo…

Egresados de Salita Azul

In Adriana Roldán on Julio 20, 2009 at 12:08 pm

Hoy es el Día del Amigo. No recuerdo con exactitud cuándo esta celebración se incorporó al calendario de festejos argentinos, pero sé que comenzó a existir un rato largo después de 1980. Más o menos. Ponele.

Cada año recibo más saludos y congratulaciones en este día. Al principio provenían de gente con la que tenía o había tenido una relación amable. Después se fueron incorporando viejas relaciones (ex compañeros de…) y relaciones “sociales” (qué sé yo, esa gente que conociste en el laburo y con la que te llevás o te llevabas bien). Más tarde se sumó la fiambrería de la esquina de casa, que considera a todos sus clientes como amigos y por eso, en ese día, te convida con unos quesitos y puntas de fiambre de máquina cuando vas a comprar. Y otras empresas y organizaciones a las que les interesa el país y yo, aparentemente.

¿Saben quiénes en su mayoría, con alguna que otra excepción, suelen esquivarle al saludo y consecuente festejo a este novedoso “Día del”? Mis amigos. Esas personas que me vieron el alma en chancletas, despeinada y con fiebre. Las que me ayudaron a lavarle la cara a mi espíritu para salir de vuelta a ponerle otra ficha a la alegría, la felicidad y la vida. Personas con las que me he reído hasta doblarme, con las que he discutido hasta enojarme, soñado, disentido, acordado, delirado, boludeado, y compartido los logros y el aburrimiento. Que me abrazaron cuando me sentí feliz y cuando estaba hecha pelota. Esa gente a la que me gusta cuidar, mimar, escuchar, recibir en casa y darles de comer.

En fin, los que me saludan y a los que saludo poco en este Día son mis amigos. Y me gusta compartir con ellos el sentimiento de que la amistad no tiene que ver con la Salita Azul. “Todos somos amigos” está muy bien cuando lo usa la maestra para evitar que los niños se provoquen traumatismos de cráneo con los bloques. Pero a los 48, me siento feliz de compartir con mis amigos que lo que nos une es un sentimiento más delicado, más especiado, más condimentado, más perfumado, más profundo, más complejo y —por sobre todo— más excepcional.

Vacaciones en la luna

In Gabriela Ramos on Julio 20, 2009 at 11:13 am

LunaUn texto de 2007…

Cuando yo tenía siete años, soñaba con ir de vacaciones a la luna.

Mi sueño no era una fantasía infantil; tenía mucho fundamento. En la transmisión televisiva del primer alunizaje, había escuchado a un locutor asegurar que “en el año 2000, la gente va a visitar a la luna con la misma asiduidad con que hoy viaja a la Costa Atlántica” y que para llegar allí, “bastará tomar un taxi” porque, para entonces, surcar el espacio “será para nosotros un hábito tan cotidiano como viajar de casa al trabajo”.

Maravillados ante la contundencia de las imágenes —que hoy son denunciadas como un fraude montado en estudio—, no sólo los niños como yo sino tampoco los adultos atinaron a preguntarse con qué finalidad absurda los humanos íbamos a desear vacacionar en un paisaje de cráteres polvorientos donde ni siquiera podíamos respirar por nuestros propios medios.

Era un mundo diferente. Un mundo de pocos cuestionamientos y muchas certidumbres. De posibilidades infinitas pero no inciertas.

Terminada la aventura de Vietnam y en pleno estallido de la sociedad de consumo, el futuro se vislumbraba como un escenario de progreso constante en el cual el hombre, en su capacidad inagotable de conocer y mejorar, iba a dominar los secretos de la ciencia y la tecnología, del espacio y del tiempo.

A nadie le preocupaba el clima ni muchísimo menos el consumo de hidrocarburos fósiles. El primero era un detalle tomado en cuenta sólo para actualizar el guardarropa, ritual que podía cumplirse con mirar en calendario, dada la regularidad de las estaciones en el año. El segundo, la clave de acceso al MAÑANA, ya que ninguna imagen resultaba entonces tan promisoria como la del granjero que descubría una vertiente de “oro negro” en su jardín.

En ese escenario de confianza ciega en el futuro, las palabras con que Neil Armstrong definió su hazaña fueron repetidas como un mantra: “Un pequeño paso para el hombre, un salto gigantesco para la Humanidad”.

Casi cuatro décadas después, sabemos que no es sensato avanzar —¡ni mucho menos saltar!— sin saber adónde uno va. Y ya no deseamos viajar fuera del planeta sino poder seguir viviendo en él con la esperanza de aquellos años en un mundo maravilloso

De colores

In Gabriela Ramos on Julio 17, 2009 at 12:45 pm

De chica, cuando no podía dormirme, me entretenía descubriendo colores en los nombres de las personas queridas. Mi papá, Alberto, era blanco; mi mamá, Irene, anaranjada. Mi hermana menor, Andrea era blanca como papá, mientras que mi hermano mayor, Luis, y yo éramos amarillos pero diferentes: él era verdoso como las manzanas amarillas y yo, brillante, como los duraznos amarillos. Durante mi adolescencia hippie, libros de Carlos Castaneda mediante, intentaba descubrir el color de cada persona. Mi hermanita Nati me parecía anaranjada como el nombre de mamá. Alejandra, mi mejor amiga, violeta. Alejandro, mi mejor amigo, turquesa. Cerca de los 20 llegó Liliana, con su aura rosada. Y Miguel, con los colores de la tierra que todavía lo pintan. Tiempo después empecé a adjudicarles colores las relaciones. En Adriana, Alejandra y Ángela, mis amigas de la adultez, encuentro sentimientos tornasolados, con primacía de amarillo y púrpuras. Con mis amigos varones, los afectos viran del verde inglés al rojo sangre. Con las parejas, como Marcela y Alejandro, se mantienen firmes como el blanco ala y cálidos como la luz del día. Mis hijos Pablo y Pedro reúnen todos los colores pero no me entienden cuando se los explico, en parte porque la genética que les heredé los lleva a confundir algunas tonalidades, en parte porque son mis hijos, y adolescentes. La unión esencial entre los colores y la vida fue lo primero que me vino a la mente cuando terminé de ver  Nasija,  el “tremendo y bello” cortometometraje español que me recomendó mi amiga Paula, cuyo resplandor oscila entre matices de amarillo y verde, según el día y el ánimo que la lleve.

Sin título2Hacer click en la foto para ver el impresionante corto de Guillermo Ríos (7 minutos).

Siamo fuori

In Adriana Roldán on Julio 13, 2009 at 3:17 pm

Por Adriana Roldán

El domingo 5 de julio al mediodía salí de casa, en pleno Parque Patricios, rumbo a lo de Gabi, la anfitriona de este blog. En la calle había un poco más de gente que la acostumbrada. Pero todos los que andaban por ahí (paseando al perro, comprando el pan o llevando la bandeja del horno con las empanadas recién hechas… en fin, todos) exhibían una nota común: algún emblema de Huracán. Gorritos, banderas, banderitas, camisetas, barbijos con los colores del Globo. La imagen me enterneció.

Mi papá no le daba bola al fútbol salvo durante los mundiales. Mi ex marido, a pesar de su vocación enciclopédica, de este deporte no sabe nada. Mi hijo demostró que se puede hacer amigos y mantener interesantes conversaciones —incluso con desconocidos— aún cuando a la consabida tríada de preguntas que se le hacen a los niños (nombre, edad y cuadro de fútbol), se responda a la tercera “paso”, “domingo” o algo similar. Estas circunstancias, quizás, expliquen por qué si existe un músculo del fanatismo deportivo y/o futbolero, en mi caso, murió de inanición casi antes de nacer.

Pero el domingo 5 me pasó algo raro. Al ver esas caras tan esperanzadas, tan convencidas de que el momento de ser plenamente felices había llegado, expresé para mí un profundo deseo: que Huracán ganara el campeonato. Quería que se les hiciera realidad a todos mis vecinos ese anhelo —según me enteré—postergado por décadas. No sé bien cuándo pero me sonaba que Vélez había salido campeón hace menos tiempo que Huracán. Eso seguro.

Mientras al mediodía de aquel domingo le dábamos al guiso de lentejas, tuve la desacertada idea de compartir este deseo y sentimiento con Gabi y su familia. “La gente se veía tan entusiasmada… ¡Ojalá se les haga y ganen!”, dije entre pancito y chorizo colorado. Algunas miradas se clavaron en mí. “No es el lugar para expresar esos deseos, Adri…”, me advirtió Gabi. “Ya sé. Acá son todos de San Lorenzo. Pero no sean así… ¡Ustedes salieron campeones montones de veces y hace repoquito!”. Como las miradas glaciales no se derretían ni medio, me llamé a silencio.

A la noche, cuando ya Huracán había perdido y el barrio iniciaba su duelo, le comenté a mi hija Sara el episodio. “Lógico, má”, observó. Y demostrando que los genes recesivos del fanatismo futbolero de su abuelo paterno habían logrado manifestarse en ella, agregó: “Si son Cuervos, hasta deben estar celebrando”. “¿Pero en qué los afecta?”, insistí. “Si ellos igual no iban a salir campeones y Huracán pobrecito…”. Estaba razonando como mamá y, cambiando lo que debía ser cambiado, trataba de convencer a todos de que no se peleen, que la Copa la podían tener un ratito cada uno.

Así, mi último —y tal vez único— intento sincero de mezclarme con los sentimientos que el deporte más popular de la Argentina despierta devino en fracaso. No hay caso, che. No lo siento. No lo entiendo. Qué cagada. Los lisiados de fútbol como yo siamo fuori, a pesar —incluso— de que seamos capaces de disfrutar como cualquier hijo de vecino el tema oficial de Italia 90…

Las largas vacaciones del 2009

In Gabriela Ramos on Julio 10, 2009 at 3:59 pm

largas vacaciones36No estamos trabajando pero tampoco de vacaciones. Nos quedamos en casa para no andar por la calle. El frío nos recluye y la abulia nos aplasta.
Para quienes trabajamos en forma de independiente el dilema se agudiza: sin trabajo, no hay ingreso. Pero ocurre que apenas enciendo la computadora para cumplir con mis obligaciones, derrapo hacia tareas ociosas, como reconfirmar vía web si se efectivamente suspendió el show que iba a dar Spinetta en el teatro Bristol de Martínez o escribir para el blog.
El punto de fuga mayor lo alcancé hace unas horas cuando me descubrí retirando un libro de W.G. Sebald y otro libro de Ian McEwan de pila que acumulo para leer por placer, actividad que hace décadas relego a las vacaciones. Y el desliz no terminó allí sino que abrí uno primero y otro después, y leí cerca de 50 páginas en total con una disponibilidad sin asidero real.
Por momentos, el clima recuerda al de Las largas vacaciones del 36, la película española de la década del 70, dirigida por Jaime Camino. La anécdota no es idéntica, ya que la historia era por entonces la de algunos españoles que, cuando se declaró la Guerra Civil, estaban de vacaciones y decidieron quedarse donde veraneaban y reconstruir sus vidas en esos poblados de mar o de campo, para mantenerse alejados de la contienda. Quienes más disfrutaban de esa situación eran los chicos, algo que vale también para el receso sorpresivo que la gripe A nos legó.
A los adultos, como es sabido, nos cuesta más adaptarnos a las situaciones inesperadas aunque tengan algún beneficio. O tal vez quienes tendemos a adaptarnos con mayor facilidad somos quienes no deberíamos adaptarnos en modo alguno a fin de conservar nuestro bienestar económico…
Para todos, lo que no están trabajando y no saben qué hacer y los que solamente elegmso tareas que no tienen que ver con el trabajo, va este enlace al corto Marisa, de Nacho Vigalongo, también de origen español, que me pasó Adriana hace unos días.
Y a disfrutar… ¡que se acaba la gripe!

MarisaHacer click sobre la imagen para ver el corto publicado en la página de NotodoFilm Fest.

Enlaces patrocinados

In Gabriela Ramos on Julio 7, 2009 at 6:15 pm

Que el funeral de Michael Jackson haya sido tan mediático como su vida no resulta en modo alguno sorprendente. Sí lo es, en cambio, la ausencia de límites  que los medios muestran ante la privacidad de la personas, en la salud y la enfermedad, en la prosperidad y la adversidad, e incluso cuando la muerte nos separa, como ocurre inexorablemente.

No me refiero en este caso al rutilante funeral en el Staples Center de Los Angeles, ni al ataúd de 25 mil dólares “de bronce sólido con un baño de oro de 14 quilates, pulido y enfundado en su interior con terciopelo azul”, que no pasan de ser decisiones familiares… (fomentadas tal vez por la comercialización de los derechos de transmisión a todo el mundo), sino a la decisión de comunicar hasta el más mínimo detalle escabroso del evento y a explotar al máximo su difusión desde el punto de vista comercial, superando todas las barreras del decoro.

Una muestra de los niveles que  puede alcanzar el mal gusto es la página de Clarín.com  encabezada con el llamativo título Siga la transmisión en vivo del funeral de Michael Jackson y los enlaces patrocinados que la acompañan: desde avisos de casas de sepelios a las cuales contactar “en los momentos difíciles” y durante las 24 horas, hasta seguros médicos disponibles online para personas de todas las edades, incluso “mayores de 65”, no importa cuán próximos a seguir los pasos del Rey del Pop se encuentren.

La invitación se expresa en inglés sobre una pantalla negra —¡único elemento acorde con el evento!— y en términos que, en otro contexto, resultan habituales en la web: “Pinche aquí y vea la cobertura en vivo del funeral de Michael Jackson”…

Afortunadamente también los nuevos medios nos dan la oportunidad de optar por seguir viendo a Michael vivo, cantando y poniéndole el cuerpo a uno de los grandes temas pop de la historia…

Bajo la presión de los 47

In Gabriela Ramos on Junio 29, 2009 at 10:13 pm

“Los cumpleaños propician nuevos comienzos”, solía decir mi amiga Ángela en los tiempos en que teníamos el placer de conversar (en 2002 regresó a Málaga  y no llama casi nunca, la muy desapegada). A veces ocurre, sin embargo, que esos comienzos no pasan de ser lo que son y lo que inician simplemente no continúa.

Eso fue lo que ocurrió un año atrás cuando empecé este blog con el post De como David se ganó el cielo, intrascendente como ninguno y en el sentido más literal de la palabra: creo solo lo leyó mi amiga Adriana, única persona a quien habilité como lectora del blog, que continúa siendo no público hasta el  día de hoy.

El caso es que no sólo no seguí adelante con el blog. Ni siquiera recordaba haber escrito ese primer y único  texto hasta el sábado pasado cuando sonó en el coche de mi hermana Naty la versión de Under Pressure a duo con el gran David (Bowie) y les comenté a ella y a mi hijo Pedro: “En toda su vida David podría haber cantado solamente el estribillo de este tema y su paso por la música estaría justificado”.

Recién entonces recordé que un año antes había escrito otro texto sobre otro David que con una sola canción se había ganado el cielo:  la misma cantinela pero con otro apellido.

La única diferencia es que esta pretendo publicarla, ya que planeo hacer público este blog el día de mi proximo cumpleaños. Si es que soporto la presión de los 47…

Secretos del corazón

In Gabriela Ramos on Junio 1, 2009 at 12:09 pm

SusyUn texto de 2002…

Me reía hasta las lágrimas cuando tuve la primera evidencia de que mis 40 años eran ciertos. Y seguí riéndome, casi hasta la tos, cuando pensé que, para probarlo, bastaba con mostrarme capaz de responder a la pregunta: ¿Conocés a Peter Shade?
Durante décadas, Peter Shade se había mantenido oculto, agazapado en un rincón de mi memoria hasta anoche, cuando finalmente vio la oportunidad y saltó a la gloria, animado por la seguidilla de fantasmas que con mi amiga Marce disfrutábamos liberar: Marty Cosens, Ambar La Fox, Calígula, María Alexandra… “¡Y el ballet de Pedro Sombra!”, sumé en una carcajada, que desató muchas más con sólo repetir tremendo nombre, que bien podría haber sido obra de un joven Juan Rulfo o una precoz Laura Esquivel.
La suerte estaba echada: de la imagen de Marty y Chico acodados sobre el bar, en la misma gama de grises con que Armstrong plantaba la bandera de estrellitas, volé hacia las cabezas de los Monkeys enterradas en la arena y  la frase “No soy plato de segunda mesa”, de Susy- Secretos del Corazón, que  desencadenó la misma carcajada que la irrupción de Pedro y su ballet.
De pronto Susy y Mr. Shade me parecieron del mismo palo. Tal vez habían esperado juntos todos estos años, acurrucaditos coco a codo, su hora de emerger a la superficie. No eran archivos visibles, como Archie y el resto de las revistas con el triangulito y la palomita, como Yolanka bajando al ring en su nave de lata  y el dibujo de la boa tragándose al elefante que todos confundieron con un sombrero. Eran invisibles, pero fieles y confiados.
Me pregunté entonces si la onda expansiva recién se habría disparado y, por esas cosas del RAM humano, todos los invisibles irían a volverse visibles, a una velocidad vertiginosa. ¿Cuántos recuerdos más aguardarían pacientemente, junto al bailarín y la chica de los ojos inundados por el llanto, la voz de aura: ¡A brillar, mi amor!?
Lejos de asustarme y aun considerando la posibilidad de un prematuro Alzheimer, celebré la idea a carcajada limpia. Puedo recordar, voluntariamente o no, miles de cosas, bellas, agradables y no tanto, pero ninguno de mis recuerdos visibles me pinta con tanta fidelidad.
Tal vez la invisibilidad, pensé, fuera simplemente estado de reposo. Tal vez no fuera inactividad, sino latencia. ¿Cómo explicar, si no, que mi hijo menor, cuyo nombre elegí, responda al nombre de Pedro y que, siguiendo mis pasos, haya aprendido a bailar antes que a caminar? ¿Cómo no entender las lágrimas (de risa, lo juro) en mis ojos al pronunciar la imponente frase con que las chicas de Susy ponían en su lugar a los galanes, sin apuntar que mi segundo nombre es Susanita?
Esta es mi respuesta a la pregunta del comienzo: Mi nombre es Gabriela, en un mes cumpliré 40 años, conozco a Peter Shade, también a su fiel compañera Susy, les agradezco a ambos su paciencia y su confianza de tantos años, y les anuncio que se acaba de oír la tan ansiada voz que, entre carcajadas de placer, nos invita a brillar…

Me reía hasta las lágrimas cuando tuve la primera evidencia de que mis 40 años eran ciertos. Y seguí riéndome, casi hasta la tos, cuando pensé que, para probarlo, bastaba con mostrarme capaz de responder a la pregunta: ¿Conocés a Peter Shade?

Durante décadas, Peter Shade se mantuvo agazapado en un recóndito clúster de mi memoria, esperando el momento ideal para regresar a la lista de archivos visibles. Anoche, finalmente vio la oportunidad y saltó a la gloria, animado por la seguidilla de fantasmas que con mi amiga Marce disfrutábamos liberar: Marty Cosens, Ambar La Fox, Calígula, María Alexandra… “¡Y el ballet de Pedro Sombra!”, sumé en una carcajada, que desató muchas más con sólo repetir tremendo nombre, que bien podría haber sido obra de un joven Juan Rulfo o una precoz Laura Esquivel.

La suerte estaba echada: de la imagen de Marty y Chico acodados sobre el bar, en la misma gama de grises con que Armstrong plantaba la bandera de estrellitas, volé hasta las cabezas de los Monkeys enterradas en la arena y al peso de la primera edición de El Principito, con tapas de cartón piedra y ese comienzo que, de tanto repetirlo, encabezó para siempre mi lista de visibles.

Cuando yo tenía seis años vi una vez una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba “Historias Vividas”. Planeé robar ese título cuando supiera llenar las páginas que indefectiblemente debe encabezar. Y me prometí incluir bajo ese título una “historia vivida” reciente, desencadenada por otro clúster desatado que estuvo a punto de quebrar mi defensa frente a un varón narcisista, soplándome al oído la frase No soy plato de segunda mesa, de Susy, Secretos del Corazón. Y que, si bien no llegué a pronunciar -afortunadamente para mí y mi interlocutor, quien tal vez no habría tenido los reflejos necesarios para retrucarme con un parlamento de Nippur de Lagash; o tal vez, sí y entonces habría otra “historia vivida” para contar…- me produjo interiormente la misma carcajada que la irrupción de Pedro y su ballet.

De pronto Susy y Mr. Shade me parecieron del mismo palo. Tal vez habían esperado juntos todos estos años, acurrucaditos coco a codo, su hora de emerger a la superficie. No eran archivos visibles, como Archie y el resto de las revistas con el triangulito y la palomita, como Yolanka bajando al ring en su nave de lata, el comienzo del Petit Prince (el del asteroide, no el de Purple Rain) y el dibujo de la boa tragándose al elefante que todos confundieron con un sombrero. Eran invisibles, pero fieles y confiados.

Me pregunté entonces si la onda expansiva recién se habría disparado y, por esas cosas del RAM humano, todos los invisibles irían a volverse visibles, a una velocidad tan progresiva como vertiginosa. ¿Cuántos recuerdos más aguardarían pacientemente, junto al bailarín y la chica de los ojos inundados por el llanto, la voz de aura: ¡A brillar, mi amor!?

Lejos de asustarme y aun considerando la posibilidad de un prematuro Alzheimer, celebré la idea a carcajada limpia. Puedo recordar, voluntariamente o no, miles de cosas, bellas, agradables y no tanto, pero ninguno de mis recuerdos visibles me pinta con tanta fidelidad como estos clústers empeñados en liberarse para dar fe, no sólo de mi historia, sino también de sus 40 vueltas al sol.

Tal vez la invisibilidad, pensé, fuera simplemente estado de reposo. Tal vez no fuera inactividad, sino latencia. ¿Cómo explicar, si no, que mi hijo menor, cuyo nombre elegí, responda al nombre Pedro y que, siguiendo mis pasos, haya aprendido a bailar antes que a caminar? ¿Cómo no entender las lágrimas (de risa, lo juro) en mis ojos al pronunciar la imponente frase con que las chicas de Susy ponían en su lugar a los galanes, sin apuntar que mi segundo nombre es Susanita?

Esta es mi respuesta a la pregunta del comienzo: Mi nombre es Gabriela Susana Ramos, en un mes cumpliré 40 años, conozco a Peter Shade, también a su fiel compañera Susy, les agradezco a ambos su paciencia y su confianza de tantos años, y les anuncio que se acaba de oír la tan ansiada voz que, entre carcajadas de placer, nos invita a brillar.